Aprendiendo a
revelar gentilmente quiénes somos es como nos abrimos al amor y a la intimidad
en nuestras relaciones.
Muchos de
nosotros nos hemos ocultado detrás de una concha protectora, una cubierta que
impide que los otros nos vean o nos lastimen. No queremos ser tan vulnerables.
No queremos exponer nuestros pensamientos, sentimientos, miedos, debilidades y
a veces nuestros puntos fuertes, ante los demás. No queremos que los demás vean
cómo somos realmente.
Puede darnos
miedo que puedan juzgarnos, alejarse o no caerles bien.
Podemos no
estar seguros de que está bien que seamos como somos o de cómo deberíamos
exactamente revelarnos ante los demás.
Ser
vulnerable puede ser atemorizador, especialmente si hemos vivido con gente que
ha abusado de nosotros, que nos ha maltratado, manipulado, o que no nos
apreció. Poco a poco, aprendemos a correr el riesgo de revelarnos.
Le enseñamos
a los demás la persona real que hay dentro de nosotros. Seleccionamos gente
segura y empezamos a revelarle pedazos y pedacitos de nosotros mismos.
A veces, por
miedo, podemos retener algo, pensando que eso ayudará a la relación o ayudará a
los demás a que les caigamos mejor. Esa es una ilusión. Retener lo que somos no
nos ayuda a nosotros, ni a la otra persona, ni a la relación. Retenerse es una
conducta contraproducente. Para que existan una verdadera intimidad y cercanía,
para que nos amemos a nosotros mismos y estemos contentos en una relación,
necesitamos revelar cómo somos. Eso no significa que se lo digamos todo de una
vez a todo el mundo.
Esa también
puede ser una conducta contraproducente. Podemos aprender a confiar en nosotros
mismos acerca de a quién decirle, cuándo decírselo, en dónde decírselo y cuánto
decirle.
Confiar en
que la gente nos amará y le caeremos bien si somos exactamente quiénes somos
puede ser atemorizante. Pero es la única manera como podemos lograr lo que
queremos en las relaciones. Dejar ir nuestra necesidad de controlar a los demás
–sus opiniones, sus sentimientos acerca de nosotros, o el curso de la relación
– es la clave.
Suavemente,
como una flor, podemos aprender a abrirnos. Al igual que una flor, lo haremos
cuando brille el sol y esté tibio.
“Hoy
empezaré a tomar el riesgo de revelar quién soy a alguien que sienta que es
seguro. Dejaré ir algunas de mis artimañas protectoras y me arriesgaré a ser
vulnerable, aunque se me haya enseñado a actuar en otra forma. Revelaré cómo
soy de manera que refleje autorresponsabilidad, amor a mí mismo, en forma
directa, honestamente. Dios mío, ayúdame a dejar ir mis miedos acerca de
revelarle a la gente cómo soy. Ayúdame a aceptar quién soy y a dejar ir mi
necesidad de ser quien la gente quiere que sea”.

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