NOVENO
PASO
Reparamos directamente a cuantos nos
fue posible el daño causado, excepto cuando al hacerlo pudiéramos perjudicarlos
a ellos mismos o a otras personas.
Los Octavo y Noveno Pasos fueron
nuestro esfuerzo por armonizar con el mundo a nuestro alrededor. Llevamos a
cabo la limpieza de casa que, hasta ahora, había sido esencialmente interna y
reflexiva.
Hicimos reparaciones del daño, uno a
la vez, con cuidado y compasión. Tomando un nombre de nuestra lista del Octavo
Paso, reflexionamos en la naturaleza del daño causado a esa persona. Ahora era
el momento de intentar lo más que pudiéramos en ponernos en los zapatos de esa
persona con respecto a nuestra interacción pasada con él o ella. ¿Cómo era
estar en el extremo de recepción de nuestra deficiente conducta? ¿Cómo era la
opinión de esa persona del mundo o personalidad alterada como resultado de lo
que habíamos causado? ¿Causaron nuestras acciones otra pérdida de confianza en
la gente en general? Nos preguntamos cómo podríamos haber tenido una influencia
o impacto negativo en los demás.
Generalmente, esta reflexión fomentaba
una disposición por arreglar las cosas. Viendo las cosas desde la perspectiva
de otra persona evocaba una consciencia repentina e intranquila del dolor o
decepción que nuestras acciones habían causado. Aunque estos sentimientos
hicieron nuestras enmiendas sinceras, no podíamos dejar que nos llevaran a un
reflejo y remordimiento mórbidos. Eso nos mantendría alejados del camino de la
acción positiva que es el enfoque de este paso.
El mejor antídoto para la morbidez era
una manera calmada y abierta y una actitud sincera. Pusimos nuestra conciencia
recién encontrada de la naturaleza del daño causado en el pasado y, rezando por
dirección, pedimos a Dios por la mejor forma de enmendar la herida. Preguntamos
al grupo y encontramos a otra gente que habían tratado con enmiendas similares.
Consultamos a nuestros padrinos. Confiamos en que nuestro Poder Superior
dirigiría nuestro pensamiento conforme procediéramos.
Contactando a la persona dañada,
explicamos que nuestra adicción a la nicotina era una suspensión a través de
nuestra práctica del programa espiritual de Fumadores Anónimos. El programa
subraya que debemos componer las faltas que realizamos en el pasado y reparar
las relaciones con las personas a las que dañamos. Y es por eso que estamos
aquí.
Seguimos explicando al apropiado
detalle el daño que sentimos que habíamos causado. Aunque esto no remedió
instantáneamente las cosas, su efecto a largo plazo era poderoso. Si habíamos
causado una pérdida material a la persona ofrecimos hacerle una restitución.
Sin embargo, más a menudo el daño era de naturaleza emocional y espiritual.
Donde se había causado daño emocional, nos disculpábamos y decíamos que ahora
estábamos intentando vivir honestamente y en armonía con los demás.
Diciendo que lo sentimos a menudo no
era suficiente. Algunas veces la persona con la que hablábamos estaba escéptica,
especialmente si habíamos pedido disculpas con arrepentimiento en el pasado,
prometido un cambio en la conducta y luego simplemente habíamos vuelto a
nuestros viejos modos. Era necesario cambiar nuestras acciones y hacer
enmiendas en la vida. Vivir nuestras enmiendas significa actuar y hacer cosas
saludables y amorosas a otros que habíamos prometido anteriormente.
Disculparnos por las acciones negativas pasadas y abandonarlas en el presente
no era suficiente; ahora teníamos que realizar acciones personales positivas
hacia los demás y esforzarnos por establecer las relaciones correctas con todos
los que tuvimos contacto. La reconstrucción a largo plazo de las relaciones
viene a través de una conducta consistente a través del tiempo.
La persona a la que nos estamos
acercando puede haber respondido con ira y no perdonar. Sin embargo, no
intentamos hacerles ver nuestro punto de vista. Aceptamos sus sentimientos y
expresamos que esperamos que en el futuro nos puedan perdonar, y dejarlo así y
en manos de Dios.
Nos aseguramos de no hacer
reparaciones de tal forma que causáramos mayor perjuicio o daño a la persona
afectada. No revelamos secretos que fuera bueno para nosotros confesarlos pero
que pudieran causar dolor a otra persona. Evitábamos el tiradero emocional que
egoístamente nos diera únicamente a nosotros la liberación emocional.
A menudo nuestra conducta
auto-centrada causó incomodidad o dañó a grupos de personas o individuos que
habían atravesado por nuestras vidas anónimamente. Estas personas habían
resistido nuestro humo de cigarro en espacios cerrados como elevadores, o
vieron nuestras colillas de cigarros tiradas a lo largo de un sendero de
montaña. En estos casos muchos de nosotros nos encontramos con que
necesitábamos hacer reparaciones al mundo en general. Buscamos maneras de
repagar al mundo por el daño que habíamos causado. Esto podría tomar la forma
de trabajo de voluntario con grupos ambientalistas, servicio en Fumadores
Anónimos, u otras actividades menos formales que son de servicio a la gente.
En ciertos casos no podríamos hacer
reparaciones directas a la gente que habíamos dañado. Tal vez ellos murieron o
perdimos contacto con ellos, o se negaron a vernos. En estos casos encontramos
que el concepto de “reparaciones al mundo en general” funcionó. Si habíamos
sido una mala hija o hijo con un padre ahora fallecido, tomamos acciones hacia
otros que estaban en situaciones similares a las de nuestros padres; adoptamos,
ayudamos y amamos a adultos mayores. Si no podíamos comunicarnos con la persona
afectada, hicimos reparaciones en vivo a alguien con quien podíamos
interactuar.
En nuestra explicación de lo que
estábamos haciendo generalmente mencionamos a Fumadores Anónimos y cómo nos
había llevado a la situación actual. Sin embargo, nuestro propósito no era
explicar nuestro programa o nuestra espiritualidad recién hallada. Si la
plática del programa y de Dios hizo a otros sentirse incómodos no presionamos
con esos temas sino que fuimos directo al asunto de reparar los daños.
Lleva tiempo hacer las reparaciones.
Aprendimos la paciencia a través del proceso. Se requiere coraje y voluntad
para proceder en principio en un curso de acción cuando no podemos predecir el
resultado. Aprendimos a planear nuestro curso de acción, llevarlo a cabo con
determinación, y aceptar que esto funcionó no sólo para mantenernos libres de
la nicotina, sino que también nos ayudó a lograr una nueva armonía con los
demás, y a reducir nuestro sentido de soledad y aislamiento.
Habiendo hecho lo mejor que pudimos
para restaurar la seguridad emocional y material que interrumpimos en aquéllos
a quienes dañamos, comenzamos a ver el mundo en una nueva luz. Supimos ahora
que nuestras acciones individuales se irradian más ampliamente en el mundo que
lo que alguna vez hubiéramos imaginado. Como resultado de nuestra admisión de
nuestra impotencia sobre la nicotina, llegamos por último a entender el
verdadero punto de nuestro poder. En esta búsqueda, descubrimos gradualmente
que nuestro conocimiento y tolerancia hacia los demás había aumentado y, por
primera vez en nuestras vidas, nuestro lugar en la humanidad se había vuelto
realmente cómodo.

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